FRANK SINATRA NO PEDIRÍA PERDÓN A LAS FEMINISTAS. Por Carlos Garcés.
Frank Sinatra no fue un hombre tibio ni conciliador. No fue alguien dispuesto a agradar a todo el mundo ni a adaptarse a los vientos ideológicos del momento. Fue un hombre con principios, con carácter y con una noción muy clara de la dignidad personal. Y precisamente por eso, cualquier intento de imaginar a Sinatra encajando dócilmente en el clima social actual está condenado al fracaso.
Frank Sinatra respetaba profundamente a las mujeres. Esto no admite discusión ni reinterpretaciones interesadas. Las ayudó profesional y económicamente, las defendió cuando fue necesario, las protegió en un mundo tan despiadado como el del espectáculo y convivió con mujeres de fuerte personalidad, independencia y temperamento. Jamás fue un enemigo de la mujer real. Pero hay algo que hoy se silencia deliberadamente: Sinatra también sabía ser duro, sabía apartar y sabía despreciar a quienes consideraba indignos, hipócritas o enemigos de sus principios.
Ese rasgo de carácter es esencial para comprender cómo habría actuado ante el feminismo contemporáneo, un movimiento que no busca la igualdad sino el conflicto, que no promueve el respeto mutuo sino el resentimiento y que ha construido su discurso a partir del desprecio sistemático al hombre por el simple hecho de serlo. Con ese tipo de mujeres, Sinatra no habría dialogado ni negociado. No habría intentado convencerlas ni entrar en discusiones estériles. Simplemente las habría ignorado o despreciado con la frialdad elegante de quien no concede importancia a lo que considera moralmente irrelevante.
Frank Sinatra no perdía el tiempo con quien vive del odio, del victimismo permanente o de la manipulación ideológica. No habría tolerado que se llamara opresión a la caballerosidad, violencia a la masculinidad o machismo al respeto. Y, por supuesto, jamás habría aceptado la idea —hoy tan extendida— de que el hombre debe pedir perdón por existir, por ser hombre o por comportarse como tal.
Sinatra nunca habría pedido perdón por su voz, por su carácter, por su forma de mirar a una mujer ni por su manera de relacionarse con ella. No se habría disculpado por ser firme, ni por ser masculino, ni por tener presencia. Habría sentido una profunda vergüenza ajena al contemplar a tantos hombres actuales que viven pidiendo disculpas preventivas, que se justifican constantemente, que renuncian a su dignidad y que están dispuestos a arrastrarse moralmente detrás de una mujer o de una ideología a cualquier precio con tal de ser aceptados.
Para Sinatra, la caballerosidad no era sumisión, era educación. La firmeza no era agresión, era virtud. La masculinidad no era un problema, era identidad. Y el carácter no se negociaba. Abría puertas, cedía el paso, protegía cuando hacía falta y trataba a las mujeres como mujeres, no como consignas políticas ni como construcciones ideológicas. No explicaba nada de eso ni lo justificaba: simplemente era así, y quien no supiera convivir con ello quedaba fuera de su mundo.
Si Frank Sinatra viviera hoy, sería una figura incómoda. No porque odiara a las mujeres, sino porque no aceptaría ser humillado, ni toleraría el desprecio ideológico, ni permitiría que se le exigiera renunciar a su identidad. No negociaría su dignidad ni adaptaría su carácter para encajar en una sociedad que confunde igualdad con revancha y respeto con sometimiento.
Pero quizá el juicio más severo de Sinatra no recaería sobre el feminismo sino sobre muchos de los llamados hombres de hoy. Hombres de mantequilla, sin columna vertebral, sin principios y sin carácter, que piden perdón por ser hombres, que abdican de su identidad para evitar el conflicto, que confunden respeto con sumisión y que aceptan ser despreciados con la esperanza de ser tolerados. Sinatra habría despreciado profundamente a ese tipo de “hombre”, no por débil, sino por traidor a sí mismo. Porque para él no había nada más indigno que un hombre que renuncia a su dignidad, a su responsabilidad y a su condición masculina para sobrevivir en un mundo que, aun así, lo desprecia.
Frank Sinatra no se adaptaría a esta época. Y no porque estuviera equivocado, sino porque esta época exige demasiadas renuncias morales. Sinatra no renunciaba a nada: ni a ser hombre, ni a tener carácter, ni a respetar a las mujeres, ni a despreciar a quienes despreciaban todo aquello en lo que él creía. Y por eso, hoy más que nunca, su figura resulta incómoda y necesaria: porque nos recuerda que se puede vivir con dignidad, con principios y con carácter sin pedir perdón por ser quien uno es.
17 de enero de 2026.

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