EL LAZO AMARILLO DE DEAN MARTIN: ELEGANCIA SIN ESFUERZO Y AMISTAD VERDADERA. Por Carlos Garcés.
Queridos amigos,
He vuelto a escuchar a Dean Martin cantando “Tie a Yellow Ribbon Round the Ole Oak Tree” y he sentido la necesidad de escribir estas líneas. No es una canción cualquiera. No es un simple éxito comercial de los años setenta. Es, en la voz de Dean, una pequeña lección de estilo, de humanidad y de naturalidad artística.
Compuesta por Irwin Levine y L. Russell Brown, la canción se convirtió en un fenómeno mundial en 1973. Dean la grabó ese mismo año para su álbum You’re the Best Thing That Ever Happened to Me y la llevó también a su programa de televisión, el inolvidable The Dean Martin Show. Allí, con la orquesta del programa y el ambiente distendido que caracterizaba aquellas emisiones, Dean hacía lo que solo los grandes saben hacer: convertir un éxito popular en una interpretación personalísima.
La historia es sencilla: un hombre que regresa tras una ausencia incierta pide una señal. Un lazo amarillo en el viejo roble si todavía es esperado. Cuando el autobús se aproxima, el árbol aparece cubierto de lazos. Es la metáfora del perdón, del amor que resiste, del regreso posible.
Pero lo verdaderamente extraordinario no es la letra. Es cómo la canta Dean.
No dramatiza. No exagera. No convierte la canción en una súplica desgarrada. La desliza con esa media sonrisa tan suya, con ese fraseo relajado que parece no esforzarse nunca. Y ahí está el secreto: la naturalidad absoluta. Hacer que lo difícil parezca fácil. Eso no es descuido, es dominio.
Como sinatrista convencido, no puedo evitar mirar siempre a Dean a través del prisma de mi admirado Frank Sinatra. Ambos fueron pilares de la legendaria Rat Pack, protagonistas de noches irrepetibles en el Sands Hotel y en otros lugares y símbolos de una forma de entender el espectáculo que hoy parece casi mítica.
Sinatra era intensidad, precisión rítmica, perfeccionismo casi obsesivo. Cada sílaba tenía intención, cada silencio tenía peso.
Dean, en cambio, representaba la elegancia sin tensión, el swing que fluye, la sonrisa que envuelve la melodía.
Dos estilos distintos, pero no enfrentados. Complementarios.
Frank admiraba en Dean esa capacidad de cantar como si estuviera conversando. Dean respetaba profundamente la disciplina musical de Sinatra. Entre ambos hubo mucho más que compañerismo artístico: hubo afecto sincero y respeto mutuo.
Cuando escucho a Dean interpretar “Tie a Yellow Ribbon…”, no oigo solo una canción de 1973. Oigo una época. Oigo la América que todavía creía en el regreso, en la reconciliación, en la segunda oportunidad. Oigo la voz de un hombre que no necesitaba gritar para emocionar.
Y comprendo, una vez más, que la grandeza artística no está en la exhibición, sino en la contención. No está en la estridencia, sino en el estilo.
Dean Martin fue un gran cantante. No un cantante correcto. No un artista simpático. Un gran cantante. De esos que dejan huella sin alardes, que transmiten sin forzar, que dominan el tempo con una naturalidad casi insolente.
Y junto a Sinatra, cada uno con su carácter, su genio y su manera de sentir la música, forman parte de ese panteón irrepetible de la canción americana que algunos seguimos venerando con emoción y gratitud.
El lazo amarillo sigue ahí, ondeando en la memoria.
Como símbolo de esperanza.
Como símbolo de regreso.
Como símbolo de una época en la que la elegancia todavía era un valor.
Y mientras haya quien escuche con el corazón, la voz de Dean, y la de Frank, no dejará nunca de sonar.
Un fuerte abrazo.

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