ENTRE EL BOURBON Y LA LECHE. Andy Williams visto por un sinatrista. Por Carlos Garcés.



ENTRE EL BOURBON Y LA LECHE. Andy Williams visto por un sinatrista. Por Carlos Garcés.

Soy sinatrista.

Lo digo con serenidad y sin necesidad de justificarme.

Mi educación sentimental, musical y casi moral está marcada por la voz de Frank Sinatra. Por su fraseo irrepetible. Por esa manera de sostener una palabra hasta convertirla en confesión. Por esa mezcla de orgullo y fragilidad que solo poseen los gigantes. Y por eso manera de ver y entender la vida.

Y, sin embargo, hace unos días viendo un video  del concierto de Andy Williams en el Royal Albert Hall de Londres, el 30 de mayo de 1978, con. su primera canción "Can’t Smile Without You", comprendí algo que todo sinatrista maduro debe aceptar: la grandeza no tiene una sola forma.

Sinatra era bourbon.

Andy era leche fría antes de dormir.

Y ambas cosas pertenecen, sin contradicción, a la historia dorada de la canción americana.

Se cuenta, y no como maledicencia sino como ironía elegante, que en alguna ocasión Sinatra definió a Andy como algo parecido a “un vaso de leche”. En labios de Frank aquello podía sonar punzante. Pero, bien entendido, no era desprecio. Era una descripción estilística.

Andy Williams no cantaba desde la noche, sino desde la luz.

No interpretaba con la tensión de quien ha vivido el abismo, sino con la serenidad de quien confía en la melodía.

Su timbre era limpio. Su dicción impecable. Su presencia televisiva era casi doméstica, elegante y familiar. No había humo ni sombra en su voz. No había whisky ni madrugada. Había claridad.

Y eso, aunque distinto del dramatismo sinatriano, también es difícil. También exige dominio. También requiere verdad.

Conviene además recordar que Andy no era un artista cualquiera en el Reino Unido. Mantenía una relación cordial con círculos próximos a la familia real británica, y durante años fue bien recibido en ambientes de alta sociedad londinense. Se le asoció especialmente con la princesa Margarita, figura refinada y gran amante de la música y del espectáculo americano. No era simplemente un cantante popular: era un intérprete respetado en los salones donde la elegancia aún significaba algo.

Ambos, Sinatra y Williams, pertenecieron a la gran tradición del cancionero americano. Pero, a pesar de que aparecieron juntos en algunos shows, cada uno habitó esa tradición a su manera.

Frank moldeaba cada canción como si fuera una experiencia personal. Convertía un estándar en autobiografía. Cuando cantaba sobre la soledad, uno sentía la habitación cerrarse.

Andy, en cambio, presentaba la canción como un regalo melódico. Cuando interpretaba Moon River, no la dramatizaba: la acariciaba. Cuando cantaba Can’t Get Used to Losing You, no suplicaba: sonreía con dignidad. Y aquella noche londinense, al comenzar con Can’t Smile Without You, no desgarró la emoción: la sostuvo con elegancia.

En 1978 el mundo musical ya había cambiado. El rock dominaba. La estética clásica parecía, para muchos, cosa del pasado. Sin embargo, Andy Williams llenó uno de los templos musicales más solemnes de Europa con orquesta, traje impecable y repertorio melódico.

Sin estridencias.

Sin provocaciones.

Sin artificios.

Eso también es resistencia cultural.

Mientras otros necesitaban escandalizar para mantenerse visibles, él seguía confiando en la fuerza de la melodía y en la disciplina del cantante.

Como sinatrista, y lo digo con absoluta honestidad, no sentí traición al escucharle. Sentí respeto. Porque nunca intentó ser lo que no era. Nunca quiso competir en el terreno emocional que pertenecía a Sinatra. Nunca se disfrazó de nocturno cuando su naturaleza era luminosa.

Sinatra fue el arquitecto emocional.

Andy fue el decorador luminoso del salón americano.

Uno representaba la noche sofisticada.

El otro, la tarde familiar.

Pero ambos defendieron algo que hoy parece extinguirse: la dignidad del cantante como intérprete serio. El respeto por la orquesta. El cuidado del fraseo. La conciencia de que una canción no es un grito, sino una construcción.

No cambiaría a Sinatra por nadie.

Para mí sigue siendo el Everest.

Pero negar la belleza de Andy Williams sería injusto. Y la madurez también consiste en reconocer la excelencia allí donde existe, aunque no sea idéntica a nuestras devociones.

En ese video, cuyo comienzo publico, de esa noche de 1978 se comprende que la historia de la música americana no se escribe solo con bourbon y humo de club nocturno. También se escribe con voz limpia, sonrisa serena y melodías que entran sin violencia en el corazón.

Sinatra fue la intensidad.

Andy fue la claridad.

Y entre la intensidad y la claridad se construyó una época irrepetible.

Lo afirmo como sinatrista, sin complejos y con plena convicción:

la grandeza no siempre necesita dramatismo. A veces basta con cantar bien… y saber a quién se saluda desde el escenario.

Carlos Garcés.
15 de febrero de 2026.











DOMINIO EUROPEO DE FRANK SINATRA.

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